Por: Ángel Torija
01 de mayo 2026
Por mi raza se castigará al espíritu: crónica de una represión anunciada en la FES Acatlán
En algún punto entre los pasillos de la Universidad Nacional Autónoma de México y los límites administrativos de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, ocurre algo que las actas no sabrán -ni pretenden saber- narrar del todo.
I. ¿Protocolo o persecución?
Dos estudiantes -activistas, cabe decir- son acusados. El motivo es menor en la escala de las grandes violencias, pero suficiente en la lógica institucional: se les acusa de consumo de marihuana.
Una vez son supuestamente captados fumando, es activado el protocolo; se les retiene y son llevados a la unidad jurídica, donde son obligados a firmar un documento que les comprometería a asistir a una serie de pláticas que la institución realiza con el supuesto fin de el consumo y adicción de sustancias.
Luego de firmar y siguiendo el supuesto protocolo, los dos estudiantes -de nombres Pablo y Adrián- son escoltados hacia afuera de las instalaciones de la facultad.
Hasta este punto, la situación podría pasar por rutina. Sin embargo, esta cambia cuando recordamos que ambos estudiantes retenidos son también activistas y miembros activos de la Olla Popular -un proyecto combativo que exige comedores comunitarios-subsidiados en la UNAM-.
Afuera, donde la universidad deja de nombrarse autónoma y comienza a dialogar con el Estado, ya hay patrullas esperando -que no llegan por casualidad, sino porque alguien dentro de la Unidad Jurídica llamó-. Y quien las llamó no habló de estudiantes, ni de procedimientos, ni de derechos: habló de una <riña>.
La palabra no describe: habilita, y es en esa habilitación que la falta se vuelve falta mayor, los estudiantes en sospechosos y la universidad en verdugo originario.
II. El crimen de ver
En medio de ese tránsito -del espíritu universitario al espíritu punitivo- se gesta una segunda situación de represión al estudiantado. La víctima es Karen, quien también es activista y acompañó toda la situación de Adrián y Pablo desde el principio hasta fuera donde se encontraban las patrullas de la Guardia Municipal de Naucalpan. Karen, tras presenciar la gravísima situación de los otros dos compas, graba y documenta todo el tiempo lo ocurrido.
Ese acto mínimo, casi invisible, rompe con la versión oficial e introduce la posibilidad de otra versión de los hechos. Es en el simple acto de grabar, donde se manifiesta lo que en toda estructura de poder resulta predecible: neutralizar la mirada.
La orden es directa y proviene de Mario Eduardo Escalante García -jefe de la unidad jurídica de la FES Acatlán-: que a ella también se la lleven.
No por fumar. No por delinquir. Se la llevan por ver y grabar el abuso de autoridad que Mario Eduardo Escalante García acostumbra ejercer con total impunidad.
III. La justicia que se representa a sí misma
El expediente del caso procede. La directora, Nora del Consuelo Goris Mayans, decide no sancionar provisionalmente -pues la comunidad estudiantil se organizó para presionar y exigir el cese de la persecución contra lxs compañerxs- y escalar el caso al Tribunal Universitario. Sin embargo, el actuar de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán denota lo desagradables y corruptas que son sus autoridades:
El anteriormente señalado, Mario Eduardo Escalante García no se retira, ni menos se disculpa. Comparece y lo hace como representante legal de la institución. Y es desde ahí, ese lugar que se pretende imparcial, que el jefe de la unidad jurídica toma las palabras de la estudianta que lo denuncia y las devuelve como argumento en su contra.
Es en este momento que la justicia -que se sabe que de justa solo tiene el nombre- abandona su carácter resolutivo y se reduce a un dispositivo de producción de culpabilidad. Realmente no les importa lo que ocurrió, sino cómo la narrativa puede ser usada a su favor para castigar la disidencia estudiantil.
IV. El mandar castigando
Hay una enseñanza insistente en la tradición política del Ejército Zapatista de Liberación Nacional [EZLN]: el poder legítimo no se impone, se construye desde abajo; .
En Acatlán, como todos los supuestos universitarios, la ecuación parece estar invertida. Aquí se manda disciplinando y se ordena castigando y administrando el miedo.
Lo grave de todo esto es que no se trata únicamente de tres estudiantoas. Se trata de un mensae a la disidencia: hay consecuencias para quien incomoda y hay castigo para quien documenta.
V. La riña que no fue, pero sirve
La categoría de <riña> aparece de nuevo. Como en otros momentos de la vida universitaria -recordemos el 5 de Abril de 2020, cuando un comando paramilitar entró a golpear y casi matar a dos colectivos estudiantiles que se organizaban en cubículos okupados, y las autoridades dieron la versión de que en realidad ese ataque fue una riña entre ambos colectivos-, funciona menos como descripción y más como herramienta.
El argumento de la riña permite convocar policías donde no hay violencias comprobadas. Permite justificar intervenciones sin necesidad de pruebas contundentes. Permite traducir protesta social en <alteración al orden público>. Y en esa traducción, el carácter político de la lucha social se disuelve en el aire: ya no hay estudiantes organizados, hay delincuentes a contener.
VI. Revictimización: un modus operandi del poder
Cuando la estudianta que grabó decide denunciar, el poder no se redistribuye, sino que reconfigura. Su testimonio no abre una investigación imparcial contra Mario Eduardo Escalante García. Se desplaza en el expediente como elemento en su contra. Este desplazamiento de denunciante a acusada no es accidental, sino natural -dentro de las estructuras de poder, claro-.
Revictimizar no es una falla del sistema, es una de sus herramientas más eficaces: desgasta, genera consenso, desincentiva, aísla y VIOLENTA.
VII. La universidad en disputa
La universidad pública no es solo un espacio físico. Es un campo de interacción y de fuerzas. De aquel lado, un <espíritu universitario> que busca preservar su control a través de protocolos y sanciones. Y de este lado, una comunidad que insiste en ejercer su derecho a cuestionar, democratizar y resistir. Este caso no es un hecho aislado; es un síntoma que se repite en demás facultades, escuelas, CCH's, prepas, etc... Un síntoma de una UNAM que, frente al conflicto, elige cerrar filas y nunca ofrecer un diálogo honesto.
VIII. Epílogo: lo que queda
De este lado nos quedan tres estudiantes procesados, una denuncia invertida, una institución descaradamente fascista. Y queda también algo más difícil de registrar en actas:
La sospecha -cada vez menos silenciosa- de que, en ciertos espacios, ya no solo es peligroso hacer, sino que también es peligroso mirar.
Hasta aquí mi palabra, camaradas. Exigimos el cese inmediato de cualquier sanción que la UNAM pretenda aplicarle a lxs tres compas afectadxs y recordamos que por mi raza no hablará el espíritu, sino que se le castigará.
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