Por: Babalú
Te vi una mañana de otoño; el sol tocó tu rostro, resplandeciendo entre tus cabellos, tu piel y tus pestañas gigantescas. Ahí, en ese breve choque de miradas, encontré la creación humana, el fuego del universo y un negro que nos acompañaría siempre. Te vi con ganas de comerte el mundo, de perderte en lo irreal, en el deseo de cambiar lo que nos rodeaba.
Tiempo después nos vimos entre el humo, rodeadas de sangre, sudor y un deseo terrible de vivir. Sentí tus manos jalándome hacia la luz, llenas de pólvora, grasa y olor a tabaco. Solo veía tus ojos y el humo del cigarro espirando donde se cubrían tus labios. Tus ojos me miraban fijamente; en ese momento perdí el habla. Encontré el más puro de mis miedos: verme en el reflejo de tus córneas y encontrar la verdad; ver quién fui, quién soy y quién seré. Encontré el futuro en ese abismo del que intenté escapar, hasta que no fue posible huir.
Poco pude evitar la verdad. Me esforcé en alejarla, en quemarla, destruirla, aplastarla y olvidarla. El habla seguía siendo una dificultad, entre palabras que salían trabadas y otras que corrían sin razonamiento alguno, llenas de incoherencia, contradicciones y antítesis. De eso se llenó mi vocabulario: ¡me robaste mis palabras! Y, sin querer, yo me robé las tuyas. Pero ¿qué culpa tenía yo de temer a conocer tus ojos y tu risa, donde ocultabas todo lo que me quitaste? Los suspiros, los pensamientos, lugares, colores y música... En un arrebato por recuperar eso, me sumergí directo entre tus labios.
Olvidé hablar de tu poder sobre el tiempo, pues conocí por primera vez, de manera lúcida, lo que era la relatividad. Encontré sabores que jamás había probado, olores que jamás había respirado; y no solo recuperé el habla, sino que, de manera consciente, dije desde el fondo de mi ser: “te amo”. Pero no solo te amaba: te deseaba. Te veía. Vi tus defectos y tus virtudes; me volví consciente de tu diente chueco. Deseé perderme en ese mar de tu ser, envuelta entre los colores de un hielo en el que estábamos tan hundidas —tan hundida en ti, tan hundida en mí— para encontrar ese fuego que vi en ti desde la primera vez.
Hoy te sueño, Mariana. Te sueño entre los humos del Centro Histórico, el ruido del metro y las canciones de Silvio Rodríguez. Te sueño preguntándome nuevamente qué es el amor, en la nostalgia de quien me motivó a seguir buscando motivos para cambiar el mundo. Aún te busco entre el humo, entre las consignas, en el puente de Eje Central, en un “Te recuerdo Amanda...”, en el cigarro sabor a plátano, en todas las marchas y en las noticias. Te busco en cualquier lugar que me dé la pista de que sigues viva y que permita que mi mente siga recordándote.
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