Por: FAD
29 de diciembre 2025
Desde que crecemos, hemos aprendido a través de los libros, de nuestros profesores, abuelos y padres o amigos, la misma historia con distintos nombres. Esa donde se nos cuenta que los poderosos deciden, el pueblo obedece; las estructuras mandan, las personas se adaptan. Siempre se nos ha enseñado a mirar hacia arriba para buscar explicaciones, culpables o redentores. Y, sin darnos cuenta, hemos terminado creyendo que el poder es una torre en un palacio distante, un conjunto de oficinas inaccesibles, una firma en un papel que no nos pertenece.
Pero el poder, el verdadero poder, el que sostiene a lo demás, no vive arriba. Vive abajo. En lo cotidiano. En las manos que trabajan, en las voces que participan, en las decisiones pequeñas que se acumulan y forman ríos.
El problema no es que el pueblo no tenga poder. El problema es que, demasiadas veces, se olvida de que lo tiene.
Ese olvido no ocurre por accidente. Se cultiva. Se alimenta con miedo, con desinformación, con la idea de que nada cambia. Nos dicen que “así ha sido siempre”, que “la corrupción es parte de nuestra cultura”, que “la política es sucia por naturaleza”, que “uno solo no puede hacer nada”. Y cuando suficientes personas repiten esa idea, el cansancio empieza a parecer realismo y la resignación es disfrazada de sabiduría.
Pero cuando nos detenemos a ver la historia, nos damos cuenta de que cuenta otra cosa. Las transformaciones más profundas de la sociedad, esas que cambiaron al mundo, ampliaron derechos, derribaron dictaduras, mejoraron las condiciones laborales de la época, o abrieron caminos a la educación, a la salud, a los derechos humanos, no nacieron en los palacios de gobierno, ni por la buena voluntad de los que ostentan el poder. Nacieron de las comunidades organizadas, de discusiones incómodas, de gente común que se negó a aceptar que su destino era permanecer en silencio.
El poder institucional, gobiernos, corporaciones, partidos, élites económicas, para poder mantenerse necesita de algo que rara vez admite abiertamente, la legitimidad colectiva.
Al generar que la mayoría crea que su autoridad es inevitable o, al menos, más funcional que cualquier alternativa, logran perpetuarse a través del tiempo y consolidar su poder sobre las masas.
Si esa creencia se erosiona y es reemplazada por organización, proyectos colectivos y conciencia crítica, el monopolio del poder se agrieta. Y aquí surge una duda, si el pueblo tiene poder, ¿por qué no lo ejerce siempre?
Es importante comprender que la respuesta es más humana de lo que podríamos pensar, y se encuentra en lo que fisiológicamente nos afecta, desde el cansancio, el miedo y la sobrevivencia. Cuando el día a día exige elegir entre trabajar más horas o no comer, reflexionar sobre estructuras sociales puede parecer un lujo. Otra parte es más sutil pero eficaz, es la forma en la que nos han sembrado la cultura del individualismo y un sistema que lo premia. De forma cruel nos han convencido de que el éxito es personal y el fracaso también. Así se fragmentan las luchas, cada uno defiende su pequeña isla mientras el océano crece y hunde una a una.
Entonces, organizarse va más allá de la logística, abarca desde lo emocional hasta lo cultural. Implica reconocer que no estamos solos, que nuestros problemas guardan similitudes y que existe una raíz común. Supone pasar del “a mí me afecta” al “nos afecta”. Cuando eso ocurre, la narrativa cambia y el poder deja de ser algo lejano y empieza a ser algo que se reconstruye colectivamente.
Con esto, no estamos romantizando al pueblo, como si fuese homogéneo, puro o siempre virtuoso. Las comunidades también pueden ser crueles, conservadoras, egoístas. Pero incluso esas sombras revelan algo importante, allí también hay agencia. La pregunta no es si el pueblo tiene poder; la pregunta es cómo lo usa y quién ayuda a orientarlo.
Organizarse no significa necesariamente tomar las calles todos los días. A veces empieza con acciones discretas como el formar cooperativas, vigilar presupuestos locales, exigir transparencia, fortalecer redes de educación comunitaria, apoyar medios independientes, participar en asambleas, defender derechos laborales, cuestionar discursos que normalizan la violencia. Son gestos pequeños que, sumados, erosionan la lógica de “no se puede”.
Y, sin embargo, cualquier intento de organización enfrenta una fuerza que avanza como un fantasma, la desilusión. Cuando los escándalos políticos son constantes, cuando el crimen toca a familias enteras, cuando el mérito parece no importar, es fácil creer que el sistema está tan podrido que intentarlo carece de sentido. Ese pensamiento, aunque comprensible, es el combustible perfecto para quienes se benefician del desorden. Porque un pueblo desilusionado se vuelve predecible, trabaja, teme y calla.
A esa desilusión se suma otra herida, la dificultad de la izquierda para construir una causa común. Muchas luchas legítimas terminan compitiendo entre sí, queriendo que su dolor sea atendido primero, como si el reconocimiento de una injusticia negara las otras. Así, la organización se fragmenta, los esfuerzos se dispersan y la gente que participa comienza a sentir que camina sola. Esa sensación de abandono no solo agota, también alimenta el discurso de que “nada cambia” y deja el terreno libre para que el poder concentrado continúe intacto.
La paradoja es que los mismos territorios devastados por violencia, abandono o desigualdad son también los lugares donde puede nacer con más claridad una ética distinta, la conciencia de que la dignidad es una necesidad colectiva. Cuando la gente comprende que el dolor no es únicamente personal sino estructural, nace algo parecido a una brújula. Y esa brújula señala siempre hacia la organización, hacia el aprendizaje de escucharnos y reconocernos parte de una misma trama.
Por eso, el desafío no es únicamente logístico, sino también cultural y emocional: necesitamos volver a preguntarnos dónde reside realmente el poder. Quizá la idea más incómoda, y también la más liberadora, es esta:
“El poder no se concede; se asume”
Ningún gobierno, por más autoritario que sea, puede administrarlo todo sin el consentimiento cotidiano de millones de personas que, con sus actos, mantienen en pie el orden social. Trabajar, pagar, obedecer y callar, cada gesto es una pieza. Y cuando esas piezas empiezan a moverse con conciencia y coordinación, el tablero entero se transforma.
La organización también exige otra virtud, y es la paciencia histórica. Los cambios profundos rara vez ocurren a la velocidad que deseamos. Hay avances, retrocesos, traiciones, aprendizajes. Pero el hecho de que un proceso sea lento no significa que sea inútil. La dignidad colectiva se construye como se construye una casa sólida, ladrillo sobre ladrillo, con la mirada puesta en quienes la habitarán después.
Y, en medio de todo esto, surge la tentación de señalar con dureza a quienes se “rinden”. A veces parece que la apatía es falta de carácter. Sin embargo, muchas personas no se rinden por falta de interés, sino por exceso de golpes. La organización más madura es aquella que no juzga desde la superioridad, sino que invita, escucha, comprende y crea condiciones reales para que participar no signifique sacrificarlo todo. El pueblo no es una masa difusa; es un conjunto de historias, miedos, talentos, contradicciones y esperanzas. Cuando esas piezas se conectan, algo extraordinario ocurre, el poder deja de concentrarse en manos de pocos y comienza a circular.
No hay garantía de victoria. Nunca la hay. Pero hay algo aún más peligroso que perder, la esperanza, y con ello, olvidar que se puede intentar. A los sistemas injustos no los sostiene únicamente la violencia; los sostiene, sobre todo, la convicción de que cambiarlos es imposible. Por eso la organización, incluso antes de ser práctica, es un acto profundamente simbólico porque afirma que la realidad no está escrita en piedra.
El futuro de cualquier país no se define únicamente en elecciones, discursos oficiales o mesas de negociación. Se define en el tejido invisible de la sociedad, en cómo nos relacionamos, en qué toleramos, en qué defendemos, en qué estamos dispuestos a aprender juntos. Tal vez ahí reside el secreto mejor guardado del poder, que no desaparece cuando lo compartes; se multiplica.
Si hay una lección que vale la pena repetir es que el pueblo no es un espectador. Es el escenario, la obra y, cuando decide organizarse, también el autor. El reto ya no es descubrir dónde está el poder. El reto es atrevernos a usarlo con responsabilidad, con memoria y con la convicción de que la dignidad colectiva no es una utopía, sino una tarea.
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