Manual breve para no pasar de Aquí
(Del río que no es un río)
(Del río que no es un río)
Por: Ángel Torija
09 de febrero 2026
Manual breve para no pasar de Aquí (Del río que no es un río)
Érase una vez un territorio.
Un lugar.
Dicho lugar no tenía un nombre fijo y eso, de algún modo, resultaba hermoso. Definirse es limitarse, decían quienes ahí habitaban. Decían que los nombres se parecen demasiado a las cercas y que las cercas, tarde o temprano, acaban pareciéndose a órdenes -o sea que ya no están cercas, sino lejos, ja-. Claro estaba que las definiciones dan lata, así que el lugar siempre era llamado como <esto>, el <espacio>, <aquí>. <Aquí> era suficiente para que, quienes le habitaban, estuvieran a gusto y en comodidad con su propia habitación.
-Como quien pertenece y se siente perteneciente de cierto grupo, causa, moral, fandom-.
Aquí era un lugar muy bien cuidado. No precisamente <bonito> en el sentido estético, empero más bien cuidadoso.
Las mantas que cobijaban a las gentes se lavaban seguido.
Las consignas que fungían como acuerdos identitarios se reescribían constantemente, antes de que se desgastaran.
Las mesas cojas se arreglaban con paciencia.
-¿Quién le puede componer su pata a la mesa? - Preguntaban los comisionados de carpintería.
Casi siempre alguien respondía con un: -¡Yo!-.
-¿Y quiénes están de acuerdo con que sea el compa quien le componga su pata a la mesa?-.
Era, por protocolo, la respuesta de los comisionados.
A veces lxs habitantes de Aquí estaban a favor de que fuera tal compa quien hiciera tal labor. Otras veces acordaban que no, pero siempre se daba el espacio para que, tanto a favor como en contra, todas las voces fueran escuchadas.
Todo parecía hecho para durar, aunque no se supiera cuánto, ni hacia dónde.
Quienes se reunían Aquí siempre dejaron en claro no regirse bajo autoridades. Lo decían seguido, aunque no como condición, sino como presentación. La ausencia de poder se repetía hasta el cansancio, como quien intenta convencerse a sí mismo de una idea que sabe que no es del todo cierta.
Nadie mandaba. Nadie ordenaba.
Aunque siempre había alguien que sabía cuándo una conversación debía terminar, cuándo una idea era <interesante, pero complicada>,
cuándo el silencio era más responsable que la palabra.
No era jerarquía, según. Era tener cuidado.
Yo llegué Aquí sin expectativas. Sin saber exactamente cuándo había empezado, pero con la certeza de que ya.
Es más, estoy casi seguro -no tanto, pero siempre un poco sí- de que llegué, incluso, un poco antes que la mayoría.
Me quedé aquí porque el lugar tenía algo mucho de amable: la sensación de que uno podía sentarse sin explicar demasiado quién era -no en el sentido evasor, sino en el de priorizar la colectividad-. Me gustaba escuchar y formar parte de las conversaciones largas, las frases que empezaban con un "pues habría que pensar que..." y nunca terminaban del todo. Me gustaba esa forma de reflexión, de dejarle siempre una puerta entreabierta a la interpretación.
Cerca del lugar pasa agua.
-Digo <pasa>, porque sin estar ya aquí, sé que el agua corre en todos los lugares, en todos los aquís-.
El agua no era la de un río épico o dramático, como la que sí había en otros lugares -sin restarle importancia, claro, nuestra agua es nuestra agua y en todos lados todos los ríos merecen respeto-. Sin embargo, el nuestro era más bien una presencia constante, como un zumbido leve que uno deja de notar después de un rato, cuando se acostumbra a él.
El agua de nuestro río corría oscura, sin apuro, bordeando el espacio como si, o lo estuviera protegiendo de algo, o lo estuviera encerrando con delicadeza. Nadie lo sabía a ciencia cierta. Todas, todos, todoas éramos lo suficientemente novatas, novatos, novatoas como para saber su historia.
Del otro lado del río había muros grises, varios, pero siempre el mismo. No parecían abandonados, pero tampoco daban la impresión de que, tras ellos, hubiera una dignidad habitable. Tenían ventanas pequeñas; paredes demasiado altas; una torre al centro que era lo único que se asomaba; una geometría incómoda. A veces, si el viento ayudaba un poco, se escuchaban golpes secos, rítmicos. No parecían peticiones. Más bien parecían confirmar algo.
Durante los primeros días, semanas e incluso meses, no pensé mucho en los muros tras el río. Estaba ocupado aprendiendo el ritmo del lugar: cuándo hablar, cuándo asentir, cuándo callar para no parecer impulsivo. Había una ética implícita en el no mesurarse. Exagerar era, a veces, una falta grave. Peor que equivocarse.
Una noche, mientras alguien ajustaba piedras alrededor de la fogata -que para que sus llamas no se expandieran más de lo necesario, según-, otro compa preguntó:
-¿Y qué habrá del otro lado del río?-.
El compa lo dijo sin hacer mucho énfasis. Incluso con una sonrisa, como quien curiosea el territorio que camina
. Las respuestas fueron suaves y en armonía, casi musicales: -Debe ser un lugar difícil-.
-Quién sabe, pero asusta-.
Algunas gentes, que habían estudiado y se habían informado un poco sobre el río, decían:
-Hay que tener cuidado con eso-.
Una de las frases que más se escuchaba era esa, aunque más que ser dicha desde la experiencia, parecía decirse desde el miedo.
<Cuidado>.
La palabra cuidado apareció como aparece siempre: completa, incuestionable, cómoda. Nadie puede estar en contra del <cuidado> sin parecer irresponsable.
La conversación siguió por otro lado. El compa que hizo la pregunta se quedó pensativo, como si se hubiera dado cuenta de todas las cosas que caben dentro de esa palabra cuando se estira lo suficiente.
-Cuidado- repitió.
Con el tiempo empezaron a hacerse visibles algunos patrones -<patrones> de repetición, pues, no <patrones> de jefes, bueno sí también aparecieron de esos, pero ahorita ese no es el punto-. Cada vez que alguien caminaba hacia la orilla del río, se detenía más o menos en el mismo punto. No había marcas en la tierra. Nadie había puesto una cuerda. Ningún letrero de <Warning>. Simplemente se sabía, por <sentido común> hasta dónde llegar. Como si el cuerpo supiera, por instinto, que acercarse mucho no conviene.
En el lugar había un cuarto lleno de papeles. Que para preservar la memoria, decían. En ellos se guardaban nombres de gentes que habían sido importantes en sus respectivos aquís, con algunas fechas y recortes. No todos los documentos estaban ordenados. Algunos de ellos se doblaban de maneras extrañas; descuidados, como si hubieran sido acomodados con cierta prisa. Pregunté por unos papeles que tenían marcas repetidas, siempre en el mismo margen, con el mismo texto que gritaba <¡¡¡Libertad!!!>.
-Son registros-, dijeron. -No todos los documentos se pueden leer igual-.
Esa vez solo asentí. Aquí uno asentía mucho. Un día apareció una niña. Nadie supo bien cuándo ni de dónde, aunque quienes llegamos primero al lugar, más o menos nos dábamos una idea: siempre había estado aquí. La niña acostumbraba a no interrumpir. Escuchaba con atención, a veces replicaba y participaba en función de lo que atenta oía. Ella no solía asentir.
A veces, cuando se sentía en desacuerdo con las decisiones que aquí se tomaban, la niña se iba a sentar; de cerca, frente al río y se ponía a aventar piedritas. Decía que las piedritas las lanzaba no para que rebotaran, sino para ver cómo se hundían y contar cuántas ya lo habían hecho.
-Intento llevar la cuenta- dijo - pero se me olvida el número-.
-Normal- pensé.
Es imposible llevar la cuenta de todas las piedritas que se han hundido en el río.
Otro día, mientras teníamos una reunión sobre cómo mantenernos lejos de los muros al otro lado del río, la niña preguntó:
-Si aquí nadie manda, ¿por qué siempre hacemos o no hacemos lo que nos diga el miedo?-
La pregunta hizo eco por un momento. No mucho. Pues luego alguien se rió un poco, con ternura, y dijo que las niñas siempre hacían preguntas idealistas. Propuestas imposibles.
En otra reunión muy larga -demasiado larga incluso para el estándar del lugar-, alguien más sugirió escribir algo, aunque fuera apenas unas líneas, para que quedara claro que lo que pasaba del otro lado del río no estaba bien. No un grito. No una acción. Solo palabras que le comunicaran a los demás aquís, que en este éramos conscientes de las hostilidades del río y de aquello que se asoma en su horizonte.
Las palabras a escribir se discutieron durante horas. Algunas eran demasiado fuertes. Otras demasiado vagas. Algunas podían malinterpretarse. Otras podían traer problemas. Había que recordar tener cuidado.
Al final, otro compa dijo:
-Quizá no nos compete decir nada-.
Sus palabras cayeron con suavidad. Nadie las aplaudió. Nadie las discutió. Fueron recibidas indirectamente, como se reciben las cosas que alivian. Después de eso, di cuenta que cada vez que el agua sonaba un poco más fuerte, todas, todos, todoas subíamos el volumen de la conversación.
Como quien banaliza el mal, o como quien decide ignorar lo evidente.
Poco tiempo después, aquel compa que se había preguntado qué habrá del otro lado del río, se armó de valor e intentó cruzar. No parecía hacerlo como un gesto político, pues no había nadie viéndolo más que la niña y yo. El compa, más bien, parecía hacerlo por mera curiosidad. A lo mejor para ver qué se siente. Dio unos pocos pasos y regresó. Viendo que lo veíamos, un poco avergonzado nos dijo: -El agua no empuja, pero pesa. No duele. Más bien cansa-.
Alguien más, que se acercó por casualidad y vio al compa cansado, avergonzado y mojado, le alcanzó una toalla y le dijo, con una sonrisa sincera:
-No tienes que hacerlo. No es necesario-.
Tal frase nos hizo reír a la niña y a mí. Una risa corta, claro. De esas que salen cuando algo es triste y absurdo al mismo tiempo.
Yo me fui del lugar poco tiempo después.
Sin conflicto. Sin escena.
Sin avisar que la despedida era, por lo menos, una distancia definitiva en mi quehacer aquí.
Aquí siguió igual: cuidado, reflexivo, limpio. Estéticamente hermoso.
El agua en el río siguió corriendo y del otro lado, alguien llevaba el registro del paso de los días en una pared que desde aquí no se ve.
Yo no creo que el lugar haya elegido intencionalmente no cruzar. Estuve el tiempo suficiente para saber, de antemano, que Aquí no había malicia. A lo mejor solo es que el lugar se volvió tan bueno explicando el por qué quedarse era suficiente, que cruzar se volvió irrelevante.
Por mientras, el agua, pacientemente, sigue pasando.
Como si esperara a que alguien deje de explicar tan bien los peligros del río y empiece, aunque sea con torpeza, a mojarse.
Porque solas, las piedritas uno por uno se hunden.
Pero juntas, son capaces de construir el puente que por fin nos acerque a quienes llevan tanto tiempo esperando que crucemos.
Por lo menos para verles las caras.
Por lo menos para ya no perder la cuenta.
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